lunes, 28 de noviembre de 2016

¿Qué fue de mi "felicidad fácil" unos años después?


Foto propia. Tempe, Arizona. 
Reproducción no autorizada. 

Estoy en Arizona tomándome unas semanas no de vacaciones exactamente pero sí intentando parar por un instante mi mundo para tratar de verlo desde fuera. Y aprender inglés, claro. Pero esto siempre está en la lista. Y sin querer, he dado hoy con mi blog de isleña, del que de todos modos no me olvido. He leído sólo la última entrada, que trataba la felicidad fácil y la difícil. 4 años después, mi opinión sobre su estructura no dista mucho de la actual, pero me ha dado miedo leer afirmaciones como que me imaginaba los siguientes años con una felicidad cotidiana del 100%, que lo difícil era saber cómo conseguir la otra felicidad. 

Pues bien, escribo desde el futuro considerando que esos años ya han pasado. Y no creo que tenga esa felicidad cotidiana en el 100%. Vivo muy acelerada. En el trabajo todo va tan rápido que apenas tengo tiempo de comer tranquila con mis compañeros. Ni de responder un email relajadamente. O de mirar un reporte porque algo me dice que ahí puede estar la clave del funcionamiento de las siguientes campañas. Y salgo del trabajo con prisas, porque tardo un rato en llegar a casa y cuando lo haga será tarde y tendré que poner una lavadora, o hacer la compra, o planchar, o preparar la cena y la comida. O mirar ese regalo pendiente de comprar o contestar a quién me escribió preguntándome qué tal, u organizar el viaje pendiente, o comprar unas sábanas en Amazon porque no me da tiempo a ir a la tienda o pensar en el menú de la cena del finde para cuidar a todos con un bizcocho diferente cuyo cariño en la preparación les haga ver que para mí son importantes. Así que no. Ya no tengo ganas de levantarme porque así desayuno o de que lleguen las 19 porque así me voy a casa. Porque lo que me espera después es siempre lo mismo: más prisas. Porque tengo ser perfecta, porque no le puedo fallar a nadie, pero sobre todo, no me puedo fallar a mi misma. Y para eso, tengo que dar siempre más, mejorar cada día. Y esta es la única forma en la que se hacerlo.

Hace poco leía un artículo viral de alguien de 30 años (tengo 31) con el que me sentía muy identificada. "¿Por qué estoy agotado si tengo sólo 30 años?" Además mira, curioso, lo estoy releyendo para traerlo al post, y empieza así: "¿Es esto la felicidad?". El autor del post compara su vida, en la que aparentemente lo tiene todo, con la de sus padres. Fundamentalmente habla también de cuánto la vive demasiado intensamente: viajes exóticos, muchos amigos que mantener, la hiperconectividad, las modas en ropa y comida que nos exprimen para ser mejores, y cómo eso nos consume. No puedo estar más de acuerdo. 

¿Entonces qué? Hace 4 años tenía felicidad cotidiana pero no sabía en qué consistía la supra. Ahora la cotidiana se ha esfumado. Aunque de algún modo no puedo ni quiero bajarme de este carro, que se me desequilibra y me caigo. Estoy haciéndome una carrera laboral en la que no me va mal y me gustaría de momento seguir así aunque no sepa por cuánto. Porque últimamente lo que no paro de pensar, es que la felicidad que va más allá, la que hace unos años no sabía cómo era, pasa porque empiece a ser mamá. ¿Incompatibilidad de felicidades?

Esto en mi isla, no pasaría.

domingo, 15 de enero de 2012

La felicidad cotidiana


Estos días yendo al trabajo reflexionaba sobre mi felicidad. A mi pregunta de si soy feliz mi respuesta es unívoca; por supuesto que lo soy, como seguramente la mayoría de las personas que puedan estar leyendo esta entrada. Sin embargo, ¿quién puede afirmar que lo es 100%? Y sobre todo, ¿quién sabe decir como alcanzar esa totalidad? Ahí es donde me estanco y de donde no puedo salir.

Me levanto por la mañana deseando haberme duchado para poder tomarme mi preciado desayuno. Cuando lo hago, estoy ansiosa por llegar al trabajo y por fin estar allí sentada sin tener que luchar por el sitio en el tren. Cuando estoy en el trabajo sentada lo que quiero es que llegue la hora de la comida para poder hacer una pausa. Cuando termino, me apetece que sean las 18 para poder decirme que queda poco para salir del trabajo. Y cuando son las 18 no veo el momento de estar en casa. Así pasan los días, y así voy alcanzando los pequeños escalones de la felicidad diaria. Una felicidad cotidiana que yo denomino felicidad fácil.

La felicidad fácil tiene ventajas y desventajas, como todo. Lo bueno es que la podemos sentir todos los días y además sin mucho esfuerzo. Lo malo es que esta felicidad fácil, alcanzándola al 100%, en el baremo de la felicidad esto no puede suponer más allá de un 60% de la felicidad total real.

Siempre de camino al trabajo estaba intentando imaginarme dentro de unos años. Y no me resulta muy difícil la verdad. Aunque no voy a desvelar aquí cómo creo que será este panorama porque no viene al caso, tengo que decir que lo imagino con una felicidad cotidiana del 100%, poco ambicioso teniendo en cuenta que faltaría un 40% de felicidad incompleto.

Nuestro problema es que nos cuesta mucho trabajo darnos cuenta de la existencia de estas dos felicidades. Mi gran miedo es echar la vista atrás, con 40 años por ejemplo, y decirme: "he tenido la vida que he querido tener, la vida que esperaba tener" y aún así pensar que habiendo hecho exactamente lo que querías hacer, sólo has sido feliz al 60%.

Y esto es porque no somos valientes. Porque nos resulta muy fácil vivir en la felicidad cotidiana del 100%. En la felicidad de "hoy voy a salir con mis amigos" y "mañana me voy a cenar mi cena favorita". En la felicidad de "voy a pasar el fin de semana con mi familia que me apetece un montón". De manera que cuando tengas 40 años, te darás cuenta de que te queda con un poco de suerte algo más de la mitad de tu vida, y que todo lo que has hecho es haber sido feliz de la manera más fácil que has encontrado.

En este reflexión yo me dije que entonces lo que tenía que hacer es, sabiendo en qué consiste mi felicidad cotidiana y creyendo de alcanzarla y poder alcanzarla al 100%, tratar de averiguar qué forma tiene el 40% que me faltaría para mi felicidad total. Sería esta casi la única manera de poder alcanzarla; sabiendo lo que uno quiere, es más fácil perseguirlo. El problema es que no lo se. Quizás no estoy acostumbrada a pensar en esos términos, porque mientras que sé perfectamente cómo alcanzar la felicidad fácil, de la otra no tengo ni la más remota idea. O quizás sí lo se, pero es incompatible con mi felicidad cotidiana, o con mi entorno, o con mi proyecto seguro a largo plazo o, mejor aún, conmigo misma, mi manera de pensar y mi manera de ver la vida.





martes, 17 de mayo de 2011

La insatisfacción del multiorgasmo


El multiorgasmo es ese valor añadido de la mujer que no se ve pero se proclama. Porque claro, ser multiorgásmica y no contarlo, es como tener dinero y no llevar un Audi. Como en este caso es difícil ir demostrando a diestro y siniestro nuestras más íntimas cualidades, el perfil de la multiorgásmica es la de aquella que lo cuenta como el mayor absoluto secreto para que la noticia sea difundida con la más absoluta resonancia.

Si multiorgasmo es la cualidad de reportar más de un orgasmo en un único acto sexual, tenemos varios tipos de agraciadas:

- la que echa un polvo de 2 horas y por fuerza y aburrimiento acaba alcanzando al menos dos orgasmos durante la ejecución del mismo
- la que echa un polvo normalito, se le medio corta el orgasmo y luego se corre a placer
- la que echa un polvo apoteósico y alcanza el clímax más de una vez, una sola vez en su vida
- la que ni la chupa y le dice al novio "mira cómo se corre tu hembra"

En todo caso, hasta cuando supimos que no era verdad que la masturbación te dejaba ciego, el (multi)orgasmo se conseguía con el coito. El coito se divide en las fases de excitación, meseta, orgasmo y reposo. Imaginemos que en pleno acto sexual con nuestra pareja (o conjunto de personas y/o parejas) nos paramos en el punto 2: en la meseta. La frustración que se desprende del acto hace que el efecto conseguido sea el contrario del esperado. Podemos afirmar por tanto que toda actividad sexual inconclusa es peor que la abstinencia misma. Vamos, uno prefiere no empezar, a que le dejen a medias.

Pues ahora imaginemos a una mujer dotada con la gracia de Dios. Su coito se divide, por ejemplo, en 3 veces cada fase arriba mencionada: excitación, meseta, orgasmo y reposo + excitación, meseta, orgamo y reposo + excitación, meseta, orgasmo y reposo. Para que la actividad sexual se de por acabada, la susodicha debe completar las tres fases completas, lo cual, no nos engañemos, no es siempre fácil. De lo contrario lo que ocurriría es insatisfacción sexual por falta de plenitud en el acto. Esto es, comerte medio kilo de croquetas, sabiendo mientras te las comes que a pesar de no poder más físicamente, necesitas seguir y seguir comiendo para alcanzar la saciedad, que es la única que te produce felicidad, ¿no es en sí mismo la frustración de la propia insatisfacción? Pues sí.

Señores, yo prefiero echar un polvo, y luego otro y luego otro y no necesitar en uno mismo una sobredosis para la satisfacción.

Y dicho esto, me manifiesto porque el aquí te pillo, aquí te mato, no acabe. Lo que firmo en conformidad en Madrid, a 16 de mayo de 2011.

lunes, 10 de mayo de 2010

Sobre la inteligencia en la Isla


No es la primera vez que reflexiono sobre el requisito de inteligencia para los miembros de la Isla. Como sabéis, en la Isla el ciudadano (llamémosle temporalmente así, aunque desde luego el concepto sería caduco) no estará sometido a nada, ni siquiera a un ley que no necesitará. Ningún control será ejercido; de ningún tipo. Cada persona actuará libremente y aún con ello y sin ley no afectará a la individualidad y libertad del otro. Es por eso que como sabéis, se requería una sola imposición y previa: la elección de los miembros de la Isla. La base es que los miembros sean buenos, y no estén corrompidos (¿sería posible encontrar gente pura como tal en la sociedad de hoy, que todo lo transforma en maldad?). Es el requisito para que, en principio, todo funcione.


Pero, ¿qué pasa si mezclamos inteligentes y bobos, si teóricamente lo único que no podemos mezclar son buenos y malos? En principio nada. En principio al bueno listo no le tendría que molestar el (no) acto del bueno tonto. Aunque por ello críe más cabras. Nada se mide, porque el bueno no mide sus actos. No espera del otro la acción, porque el otro es bueno también y simplemente actuará. Por eso, aunque a continuación podría añadir que quizás el listo no sólo críe más cabras sino que además use más las carreteras, no procede. Porque eso nada cambiaría. Todo seguiría funcionando independientemente de la contrapartida obtenida por su inteligencia. Quizás nos es difícil creerlo porque nosotros no somos el miembro ideal. No pasaríamos el control. Pero es que quizás ni yo.


Hay días que odio demasiadas cosas como para poder ser miembro de mi propia Isla. Odio que una persona licenciada en Derecho no sólo no sepa que el contrato teníamos que firmarlo en todas las hojas, sino que además me diga un "no lo sabía" de tono indignado. Mis manías no son pocas, pero mi capacidad de odio a veces supera límites. Borraré el comentario antes de tener que pasar el examen de la Isla ;-)

miércoles, 17 de febrero de 2010

La traición en la promesa de amor

Hoy venía pensando en la traición en la relación "amorosa", para variar. Todo, en torno a la reflexión de la frase: "no te preocupes cariño, confío en tí".

Trataré de explicarme a través de un ejemplo culinario, como no podía ser de otra manera. Isleños, sabéis que un niño odia las lentejas y adora las chuches. Pongamos a un niño y una madre. La madre tiene sobre la mesa unas chucherías. Ella tiene que marcharse, pero antes de hacerlo la mamá le comenta a su hijo: "tengo que irme, no te comas las chuches que si no luego no comes. Confío en tí, ¿eh?". Parece que el comentario sobre la confianza procede en tanto en cuanto existe la posibilidad de que el niño se las coma puesto que le gustan. La madre sin embargo confía en que su hijo, por no defraudarla, a pesar de que tiene ganas de comerse las chucherías, no lo hará. La madre confía en el hijo.


Olvidemos las chuches. Pongamos a un niño y una madre. La madre tiene sobre la mesa un plato de lentejas. Tiene que marcharse pero antes le comenta a su hijo: "tengo que irme, no te comas las lentejas que si no papá no tendrá nada para cenar cuando vuelva. Confío en tí, ¿eh?". Pues bien, este comentario no procede. La madre tiene la certeza de que el niño, que odia las lentejas, no se las va a comer, por lo tanto no ha lugar que la madre se apoye en el concepto de confianza para saber que su hijo no se comerá las lentejas.


Confianza, según la RAE es la "esperanza firme que se tiene de alguien o algo": esperanza pero no certeza. Esperanza en el caso de las chuches de que el niño no se las coma (por lo tanto, procede la confianza), certeza en el caso de las lentejas (por lo tanto, no procede la confianza).


Trasladado a la relación de pareja, si nuestro compañero nos dice "no te preocupes cariño, confío en tí", en realidad, ¿qué nos está diciendo?:


1. que tiene la esperanza y no la certeza de que actuemos de determinada manera

2. que si es esperanza y no certeza, no es 100% seguro que no vaya a ocurrir

3. que si no es 100% seguro que no vaya a ocurrir, tendencialmente tenemos apetencia por actuar en sentido opuesto al esperado

4. que a pesar de nuestra apetencia por actuar en sentido opuesto al deseo de nuestra pareja, esta sabe que actuaremos como se espera de nosotros


Es decir, que nuestra pareja sabe que nos apetece la "traición" pero que no lo vamos a hacer por una promesa de amor que implica respeto.


¿No quiere decir esto que en definitiva entiende y comprende nuestra apetencia por el otro? No puede ser de otra manera. Si sabe que odio las lentejas, ¡no es que confíes en mí!, ¡es que sabes que no me gustan las lentejas!


Para ir más allá, analicemos: realmente, si una persona no traiciona, ¿por qué es?, ¿sólo porque nos digan que confían en nosotros? Puede haber muchos motivos: ese uno de ellos. Otro, porque seamos fieles a una promesa de amor aún cuando este ha caducado. Por qué no, porque no se nos ha presentado la oportunidad. Pero sobre todo, si somos fieles de verdad, de corazón, porque nos sale ser fieles y no porque estemos trabajando a propósito para serlo (en el supuesto de resistencia más difícil, llevando así al extremo el ejemplo para su comprensión) es porque estamos enamorados. No hay mejor antídoto contra la infidelidad que el amor.


En este sentido, un "confío en tí" sería tanto como decir: "a pesar de que se que te apetece ir con este tipo, y de que no estás enamorada de mí, se que no lo harás por nuestra promesa de amor". Por lo tanto, sería mucho más apropiado un "no te preocupes, confío en tu amor por mí" que sería tanto como decir: "se que no te apetece ir con él, porque estás enamorada de mí, y si no lo haces no es porque yo te lo pida o lo espere de tí, sino porque tu amor por mí te lo impide". Esta es la relación pura, la perfecta. Por eso nunca se pronuncia, quizás no exista.


Y si está parecía la cuestión difícil, el enigma no es sino el de siempre. ¿Qué es el amor?, ¿es este imperecedero?

miércoles, 27 de enero de 2010

Respecto al exceso de población en el metro

Venía pensando esta mañana que en el mundo, en Europa, en España, en Madrid, en mi pueblo y en el metro somos demasiados. Y el problema de ello es que nos damos absolutamente igual los unos a los otros. Y cada vez más. Y es una pena que esto nos pase entre personas. Esto en mi isla, no pasaría.

martes, 12 de enero de 2010

La felicidad en una caja


Llevaba unos días queriendo sacar unos minutos (que siempre se alargan a unos cuantos minutos) para ojear la caja que he heredado. Una caja vieja, rosa, de hojalata. Leía ayer en "Uno, nessuno e centomila" que un objeto (como una persona) puede ser percibido por dos personas diferentes con valor absolutamente diverso. Nada nuevo parece si nos quedamos en esta frase, pero sirve para ilustrar lo que al final ya sabemos, que "la belleza está en los ojos del que mira".


Pues bien, entre una casa, unas pocas cifras de euros en el banco y la caja vieja, yo me he llevado la mejor parte. La que no tiene fecha de caducidad, aquella cuyo valor no es efímero. La caja que contiene unas 300 fotos de la vida de mi abuela. Una caja que contiene su felicidad. O al menos, los acontecimientos que se produjeron en su vida, mientras ella fue feliz.


Si hacemos un análisis del contenido de las fotos vemos que la mayoría de ellas están tomadas aproximadamente desde que empieza a "hablar" con mi abuelo hasta que tiene el primer nieto. Entre tanto vemos bodas, nacimientos, fotos de sobrinos, más fotos de sobrinos, fotos de hijos, más fotos de hijos, fotos de comilonas... Fotos en las que siempre una sonrisa explícita o intuida sale de su boca.


Poco a poco, mi abuela deja de ser la protagonista de sus fotos. Deja de ser la protagonista de sus recuerdos. Deja de ser la protagonista de su felicidad. Y es entonces cuando sólo aparecen fotos de sus nietos, y sus nietos, y sus nietos. Siempre con sus hijos. Casi nunca ella.


Y todo para que el tiempo se pare dentro de la caja. Para que ya no haya más recuerdos. La felicidad no existe. No hay fotos. No hay fotos de bodas, ni de comuniones, ni de sobrinos, ni de hijos, ni de nietos. Algún retrato rompe la excepción para dejar ver una abuela que ya no sonríe. Una abuela que no recuerda que tiene una caja con lo mejor de su vida.


Así que abuelita, tú que me has dicho siempre que como herencia sólo me ibas a dejar el malhumor y los juanetes, me has dejado más de lo que podías imaginar. Algo que no puede ser pagado ni con tu casa ni con tu libreta de ahorro. Algo que te ha costado más conseguir que cuatro muros y unas cifras en el banco. Algo por lo que luchaste mucho más que por un techo y unos ahorros. Tu felicidad. Y esta me la llevo conmigo.


Hasta pronto,
Tu nieta favorita